La Noche de un Loser... un ¿cuento? dedica a Zoeh... (General)
Después de un azaroso día que se desarrolló entre ciertas frustraciones y desencantos, Él se encontraba tratando de relajarse departiendo entre algunos amigos que se encontraban mezclados con cuates, con conocidos y con algunos otros que sólo miraban la reunión desde un lugar en el que, sin ser rechazados por esta comunidad, se notaba que estaban relegados al no estar plenamente integrados a este grupo, aunque trataban de ser aceptados realizando variados comentarios, desde jocosos, hasta solicitando información, de esa sapiencia que el grupo que conformamos presume, en muchos espacios, que tenemos respecto a tópicos que pretenciosamente queremos que sólo sean del dominio de unos cuantos.
Él estaba distraído en una de esas pláticas sin sentido con uno de aquellos que han decidido considerarle como uno de sus maestros, en una charla en la que presuntuosamente Él pretendía hacerlo partícipe de sus conocimientos, de lo que Él denomina sus reglas, las que prácticamente resultan infalibles, las que requieren para su práctica de un aplomo y seguridad poco comunes; y así se desarrollaba la noche entre risas y conversaciones entre esa hermandad que ha sido blanco de críticas y envidias.
De repente y sin previo aviso, apareció de la nada, como un hado salido de los infiernos, Loki, ese dios nórdico que actúa sin sentido, que habla necedades, que solicita que todo el mundo le ponga atención aunque no tenga nada que decir, ese payaso que mandando saludos a diario pretende ser aceptado entre los miembros de Asgard. Él ya lo había denunciado, y comenzó una cruzada en su contra al percibir que dañaba el entorno en que la comunidad cohabitaba, fue una lucha desigual en la que Loki no daba la cara, aunque cada día Él lo atacaba con denuedo, no obstante que los demás le manifestaron que su lucha era en vano, por lo que después de denunciarlo una y otra vez, lo dejó en manos de Ellos para que lo juzgaran.
Esta aparición fue del todo desagradable para Él, aunque con dignidad optó por ni siquiera tomarlo en cuenta, por ignorarlo, por hacer que pasaba NADA. Sin embargo, Loki optó por pararse en el centro de salón, y con falsa cortesía comenzó a dirigirse hacia el sitial que ocupaba Él, y con la mano extendida buscó de manera hipócrita y con palabras tersas saludarle enfrente de sus iguales, para tratar de humillarlo. Todos miraban esta escena atónitos, los murmullos parecían gritos, las miradas inquisitivas lo fulminaban, e incluso el Caballero que Monta Dragones le sugirió al oído, lejos de todos, que debía aceptar la mano que se le ofrecía, y que si actuaba con humildad sería visto como un acto de grandeza.
Pero algo estaba mal, algo no encajaba con la realidad, la maneras de Loki no eran las burdas formas con las que normalmente se comporta, las palabras que escogía eran un torrente de algarabía y conocimiento, muy diferentes del vulgar dialecto con que este hado se pretende comunicar; su voz sonaba diáfana, clara, cristalina, hermosa, no era ese ruido gutural y desagradable que normalmente tiene este bufón. Entonces Él, desconfiado como estaba, y en un momento de iluminación, contestó al Caballero que Monta Dragones que el ser mágico que se encontraba en su presencia no era quien decía ser; dicha afirmación causó sorpresa en el héroe de El Legado y con sorna y no sin cierto tono de reproche, le preguntó a Él, si en su calidad de hijo de Themis, podía desentrañar el misterio que ante sus ojos se presentaba, cuando de forma evidente la disputa sostenida entre estos míticos personajes le estaba nublando la razón.
Y de repente sucedió
Ante los ojos de los guardianes del Puente del Arco Iris, Loki desapareció, y en su lugar, en toda su magnificencia, surgió Calíope, musa de la Poesía Épica, dueña de la voz más hermosa que jamás se haya escuchado tanto en el mundo de los hombres como en el entorno de los inmortales; hermosa, segura, garbosa, etérea, inmanente, perfecta.
Esta aparición causó revuelo entre los convidados a esta reunión, Calíope es la preferida de Ellos, porque con su belleza sin par, que va acompañada del agudo intelecto con que la dotó su padre, el que acumula las nubes, con los conocimientos que a diario acrecenta gracias a la compañía que frecuenta con los escritores clásicos a los que infunde inspiración, su presencia resulta deliciosa y Ellos siempre están prestos para acaparar su atención.
Pero Él, si bien escuchaba de forma diáfana su voz, NO LA VEÍA, solo percibía su sombra que se movía ágilmente entre todos los convidados a la reunión, aunque la veían con toda claridad. Él se frotó los ojos para tratar de salir de su ensueño, para intentar ver a Calíope, pero sus actos no tuvieron ningún efecto, sólo estaba frente a Él la sombra de la Musa, pero su voz, esa voz intensa, vibrante, bella, llenaba el ambiente y le tocaba el corazón.
Él ya había tenido cierto contacto con Ella, algunos escritos mutuos, que por su brevedad no habían podido ser personales. Él ya la conocía, sabía de sus capacidades, de su belleza, de su inteligencia, de su picardía, de su contagiosa alegría por la vida, sabía de sus trabajos, de sus ocupaciones, de sus pasatiempos, de sus escritos que cada semana causan revuelo en la Babel de Hierro, incluso Él visita asiduamente su casa virtual, en la que Ella le ha dado la bienvenida. Pero para Ella, Él es uno más de sus admiradores, uno más del mare mágnum que la idolatra, uno más de la abigarrada muchedumbre que está a sus pies sin que Ella realmente sepa de quién se trata, pero que en su magnanimidad los trata con cortesía y cariño.
Pero algo pasó esa noche; la Sombra de Ella lo embrujó, su voz produjo un encantamiento que nubló sus pensamientos, y en cierta forma lo envileció.
Al no poder verla, Él siguió su voz, se dirigió a donde estaba su sombra y le habló tratando de apartarla de la sala, intentado tener una conversación privada con Ella, y como por arte de magia, lo que Él interpretó como un designio de Odín, Su voz, suave y seductora, se dirigió a Él y accedió a que departieran juntos, sin que por ello olvidase las atenciones que los demás le prestaban.
La Sombra de Ella lo acompañó por los Jardines del Palatino, pero la Magia seguía presente, porque los demás también estaban en Su presencia, y aunque Él lo notaba, era presa de su encantamiento; y allí, en esos vergeles míticos, Él comenzó a caer ante su inteligencia y la belleza de su ser.
De forma inexplicable y poco cortés, Él comenzó a hablarle de forma incoherente, a confesar secretos anhelos, mientras que Ella, o más bien su sombra, se divertía ante las palabras que tantas y tantas veces ha escuchado. Él insistía en que sus palabras eran sinceras, en que su arrebato era real, en que un fuego lo consumía por dentro, y aun cuando era la realidad de su entorno, para Ella era una chanza más de los que buscan su gracia. Esa insistencia se tornó en asedio, atosigo e importuno, pero lo triste de la situación era que Él se percataba de su situación y continuamente se lo hacía saber a Ella, le decía que se sentía todo un Perdedor, sabía que esas maneras eran inadecuadas, pero la ensoñación era demasiada y aun cuando intentaba controlarse, la presencia de Su Sombra lo embelezaba de tal manera, que ya no era dueño de sí mismo.
Su Sombra no hacía más que divertirse con estas confesiones y confortarlo con palabras amables, incluso con ciertas confidencias de Ella para calmar su ánimo incontrolable, secretos que le pidió no rebelase, pero que hacían imposible algo que no fuese una muy lejana amistad.
Después de aceptar las disculpas de Él por esta actitud inicua, Ella o más bien Su Sombra le hizo una solicitud para que le ayudase a engrandecer su casa, y Él, con una esperanza infundada, con una ilusión irrealizable, accedió para sentirse por lo menos de esa manera, cerca de la Musa inalcanzable.
Así, de esta manera, Ella lo dejó, la Sombra desapareció, la voz se desvaneció, y Él, en compañía del Sumo Sacerdote de Hrestus, se dio cuenta de su indignidad, del acoso al que había sometido a la diosa, y allí pidió la absolución de sus culpas.
Hoy, después que el tiempo ha pasado, la ensoñación de Él no ha disminuido y delira con la posibilidad de un próximo encuentro, no con Ella, sino con la Sombra de lo que pudo ser.